Suelos, la base para asegurar la comida del mundo

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Voltear la mirada a los suelos es el pedido de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), en este 2015. Pese a que este recurso no renovable es sumamente valioso para la seguridad alimentaria, el organismo calcula que el 33% de las tierras del planeta está de moderado a altamente degradado, debido a la erosión, salinización, compactación, acidificación y contaminación química.

La agricultura, silvicultura, pastoreo y la urbanización, sumados al impacto de fenómenos climáticos extremos, las prácticas no sostenibles y la demanda de alimentos -que ­aumentará un 60% por los 9 000 millones de habitantes que se proyecta habrá en el  2050- son factores que ejercen presión sobre la tierra.

Particularmente, las malas prácticas agrícolas causan su degradación. El laboreo intensivo, la eliminación de la materia orgánica, la irrigación en exceso de agua de mala calidad y el abuso de fertilizantes, herbicidas y plaguicidas son causantes de su deterioro. Según la Alianza Mundial por el Suelo, cada año se pierden o dejan de ser fértiles unos 50 000 km² de suelo, un área equivalente a Costa Rica.

Para darle un respiro a la tierra, la FAO declaró este 2015 el Año Internacional de los Suelos (AIS). “Los suelos no tienen voz y pocas personas hablan por ellos. Pero son nuestro aliado silencioso en la producción de alimentos”, cita José Graziano da Silva, director general de la FAO.

La campaña AIS se enfoca en mejorar la salud de los suelos a través de una producción más sostenible, la aplicación de tecnologías ecoamigables, la reducción del empleo de químicos y la aplicación de regulaciones desde los gobiernos para limitar la acumulación
de contaminantes.

Monitorear la salud del suelo puede dar alertas a tiempo, como indica el ingeniero Galo Robles, de la Sociedad Ecuatoriana de Biotecnología (Sebioca), de la Espol. Estos análisis evalúan elementos como materia orgánica, micronutrientes y macronutrientes, el pH, el nitrógeno y otros compuestos.

La materia orgánica es la mezcla de descomposición de seres vivos y la actividad biológica de microorganismos, que trasmite nutrientes a las plantas. Se puede conseguir de manera industrializada o elaborada con estiércol y residuos de los cultivos.

“El productor debe colocar unas 10 toneladas de materia orgánica al año por hectárea, para una renovación continua. En cultivos intensivos se deben hacer enmiendas, según el déficit que se detecte en el análisis de componentes”.

Sin embargo, la producción masiva y extensiva ha afectado la calidad del suelo y del ambiente. Usualmente, indica Robles, en grandes plantaciones se aplican fertilizantes cada 15 días. Y es un problema que va en aumento. La FAO advierte que en el 2018 el uso mundial de fertilizantes podría pasar las 200,5 millones de toneladas, 25% más que en el 2008.

Algo similar ocurre con el abuso de agroquímicos. Como alternativa, César Morán, docente de la Universidad Agraria del Ecuador, plantea mecanismos de control biológico. “Hay ejemplos del uso de insectos benéficos, como avispas, moscas, escarabajos, muchos reproducidos en laboratorio y que aportan al control de plagas”.

El suelo es el hogar de miles de millones de microorganismos, como bacterias, hongos, protozoos, insectos, ácaros y gusanos que tienen roles vitales para los cultivos. “Hay más organismos en una cucharada de suelo sano que gente en el planeta”, cita un reporte de la FAO. Pero el uso de cocteles químicos está acabando con ellos.

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